Alucino pepinillos
No puedo creer que haya terminado el verano y todavía no me hayan dado cita con el neurólogo, después de haber estado a punto de morir por disfunción autonómica.
Por otra parte, me parece todavía más increíble estar viva. Supongo que, aunque mi sistema nervioso sea como un mono con platillos dirigiendo una orquesta, todavía conservo algo de potestad para impedir que ese payaso director no se vaya de vacaciones. Así, las órdenes nerviosas, incluso si son erráticas, al menos nunca dejan de llegar a los músicos, y mi corazón siga latiendo sin hacer pausas peligrosamente prolongadas aun tocando por debajo de cuarenta tonos por minuto.
Este será el primer septiembre en que no trabajaré en otra cosa distinta de mi salud. Esta disautonomía sin diagnosticar no puede seguir jodiéndome la vida.
No todo es negro: volver a escribir ha sido como volver a nacer. Por eso, abrazo la llegada del otoño con esperanza. Adiós al calor achicharrante que tenía a mi presión arterial en un crónico 7/4 y me provocaba síncopes diarios.
A ver, seré clara: no estoy loca, sino que lo que estoy viviendo es de locos y volvería loco hasta al más cuerdo. Mi sistema nervioso se excita en exceso cuando mastico, de modo que mi comida apenas dura unos segundos en mi estómago. Por esa razón, ayer me hicieron una prueba de vaciado gástrico, utilizando comida marcada con un isótopo radiactivo y haciéndome unas radiografías tras comerla.
Fue un auténtico desastre. Me dieron lo peor que podrían haberme dado para romper mi ayuno nocturno: ¡un bote de pepinillos en vinagre! Y lo peor fue que tuve que comérmelo entero porque solo un pepinillo estaba marcado y no sabían cuál era porque eran todos… ¡iguales!
Por culpa de la acidez del vinagre, mi estómago produjo tanto ácido que el isótopo se desintegró. Por tanto, me tocó comerme un segundo bote, también entero… Resulta que en ese bote no había ningún pepinillo marcado, así que no que quedó otra que tomarme un tercero. La sensación era comparable a engullir fuego, salivara mucho o poco el alimento. Mi propia saliva era lava cayendo masivamente al volcán de mi estómago.
Debido a la sal del encurtido, mi corazón se aceleró como si me estuviera persiguiendo un león en la sabana, y mis vasos sanguíneos se estrecharon tanto que fue imposible inyectarme ningún calmante por vena.
Como tampoco tolero fármacos orales, consideraron proceder con una discreta trepanación de cráneo, nada que fuera demasiado invasivo. También un poco de electrochoque, como en los viejos tiempos, para frenar así toda esa descarga adrenérgica maquinada por mi mono, que siempre reacciona así con el sodio. Incluso con un granito de sal disuelto en agua.
Esperaron a que la vasoconstricción cesara para ponerme un gotero con sodio, que es lo que siempre hacen en caso de diarreas. La parte positiva fue que, con mi tránsito digestivo ultrarrápido, la prueba duró mucho menos de lo esperado y no tardé en volver a casa.
Según el informe, el tercer bote de pepinillos duró cinco minutos dentro de mí. Gracias a que practiqué atletismo en mi infancia, llegué al váter en las tres ocasiones en tiempo récord. Por cierto, los dos primeros botes viajaron mucho más rápido por mis intestinos; pero como el isótopo del primero se deshizo y el segundo no venía marcado, no tomaron nota.
Por fin en casa, me apliqué un poco de hielo para el dolor causado por la trepanación. Ni siquiera podía tirar mano del paracetamol porque volvería a los 7/4, 24/7. Además, estaba al borde del enésimo desmayo del día.
A pesar de todo, hice de tripas corazón y me acomodé en el sillón reclinable con el teléfono en la mano. Tenía que volver a intentarlo.
Tardaron cuatro horas en atender mi llamada. Olvidé que tenía que picar algo mientras escuchaba la musiquita de espera. No había comido nada desde los pepinillos, y como de costumbre, la hipoglucemia pasó inadvertida.
Nada, las agendas seguían cerradas. Me dijeron que quizá las abrirían en un par de años, que era más conveniente que llamara entonces para pedir mi cita. Menos mal que mi caso es preferente, porque de lo contrario la demora sería mucho mayor.
Solamente espero que la disautonomía no me desbarate la memoria y que el mono con platillos no me haga olvidar que tenemos que seguir intentando conseguir cita con el neurólogo. Por si acaso, dejaré pósits por todas las paredes y programaré para dentro de dos años varias alarmas en el móvil con recordatorios.
Mientras tanto, seguirán haciéndome pruebas y me dirán, como siempre, que mi cuerpo está bien, que mis órganos están sanos.
¡Alucino pepinillos!
Cómo nació este relato
Alucino pepinillos utiliza la hipérbole y el humor negro con elementos absurdos y surrealistas. Nace de experiencias reales relacionadas con problemas de salud que llevo años luchando por aceptar, comprender y diagnosticar.
Evidentemente, nadie me obligó a comer tres botes de pepinillos ni me practicaron una trepanación tras una prueba digestiva. Sin embargo, sí que he vivido situaciones tan surrealistas que parecen inventadas, y también alguna que otra negligencia médica.
Cuando tu sistema nervioso deja de comportarse como debería
Desde que desarrollé COVID persistente, convivo con síntomas compatibles con disautonomía, un trastorno del sistema nervioso autónomo que puede afectar a funciones tan básicas como la frecuencia cardíaca, la presión arterial o la digestión.
A pesar de que cada vez hay más pacientes que describen cuadros similares, son muchos los casos como el mío, en los que se empiezan a obtener respuestas tras años de estudio e investigación por cuenta propia, antes de recibir un diagnóstico o encontrar al especialista adecuado.
La espera también enferma
Uno de los aspectos más frustrantes de este proceso son las largas listas de espera. Cuando los síntomas afectan a la vida cotidiana, esperar meses o incluso años para una consulta especializada genera una gran sensación de impotencia.
Por eso, a veces recurro a la escritura y al humor. No porque estas situaciones tengan gracia, sino porque la exageración permite expresar algo que, contado de forma literal, a menudo resulta difícil de transmitir.
Espero que hayáis disfrutado el relato.
En la próxima entrada hablaré un poco más sobre mi proceso desde la perspectiva psicológica, que es lo que nos interesa en Universo Umbral.
Si tenéis cualquier comentario o sugerencia, no dudéis en escribirme.
Nos leemos pronto,
Ishtar Terra




