La autocrítica, clave en la escritura

La autocrítica, clave en la escritura

 

La creatividad, la inspiración y el esfuerzo suelen ser los temas más recurrentes cuando se habla de escritura. También se aborda el proceso de revisión y corrección de textos, aunque menos de lo que se debería. Pero ¿dónde queda la autocrítica?

En esta entrada reflexionaré sobre su importancia y os presentaré una guía que me ayudó a evolucionar en mi escritura.

 

La autocrítica como parte del aprendizaje

Me da la sensación de que la autocrítica es la llave perdida de la que pocos hablan. Sin ella, puedes navegar en la superficie y nada te impedirá continuar creando historias. Sin embargo, la necesitas para traspasar el umbral de la autocomplacencia, quitarte las vendas de los ojos y detectar tus errores.

No me refiero a errores ortográficos o gramaticales, sino a meteduras de pata que impiden que la acción avance, que la lectura sea fluida o que el lector se enganche de corazón a la historia.

Está claro que un libro no tiene por qué enamorar a todo el mundo. Que alguien te diga que tu libro es aburrido no es preocupante. Que te lo digan todos los que lo han leído sí que es para hacérselo mirar.

No solo necesitamos un buen argumento, sino saber encender la chispa del lector con nuestra manera de desarrollarlo, con cada palabra que escogemos o descartamos.

 

 

Errores imperdonables al escribir

Hace un par de años descargué un recurso gratuito de la correctora Marian Ruiz: 51 errores imperdonables al escribir y cómo evitarlos. Me hizo reflexionar sobre mi escritura. Conforme leía, veía mi evolución y anotaba algunos aspectos que podía mejorar.

 

 

A partir de la guía, comentaré cuatro de estos errores:

 

1. Explicar en lugar de mostrar

Sé que esto lo tenemos ya hasta en la sopa. Es evidente que no queremos aburrir al lector con explicaciones innecesarias. Sin embargo, yo sí que necesito tenerlo presente porque mi parte racional siempre tiende a buscar una razón para todo, incluso en la ciencia ficción, con el objetivo de crear una historia lo más verosímil posible. Hay algo que necesitaba entender: la verosimilitud no exige explicar cada detalle.

 

Está bien ofrecer explicaciones, crear un sistema de magia consolidado y que haya una teoría psicológica tras los trastornos de tus personajes; pero es necesario saber dosificar la información o detectar qué justificaciones sobran porque no vienen a cuento o se infieren de la propia escena.

 

Esto sirve para evitar saturar al lector, así como para no interferir con la acción, favorecer una lectura fluida; incluso para generar intriga e invitar a que cada uno construya su propio significado de los acontecimientos.

 

 

2. Ser poeta escribiendo prosa

La poesía me enseñó a escuchar el ritmo de las palabras, pero también tuve que aprender que el ritmo poético y el narrativo no siempre persiguen lo mismo.

En mis primeros años de escritura pequé mucho con las recurrencias léxicas, influenciada por el cine, las narraciones orales y la poesía. Abusaba también de paralelismos y rimas internas.

 

Aun así, desde mi punto de vista, la correctora suena demasiado tajante con la siguiente formulación: «Nada de repeticiones insidiosas por las que supones ingenuamente que el discurso se engrandece o se vuelve más literario».

 

En ocasiones, las repeticiones y los paralelismos podrían estar justificados. Hay escenas breves de suspense extremo que piden frases cortas y sencillas que comuniquen urgencia. En este contexto, estos recursos pueden emplearse para lograr ese ritmo ágil, vertiginoso. 

 

Hay otros dos casos en los que me parece adecuado utilizarlos: al imitar el discurso de un personaje infantil y al escribir un cuento tradicional. En el primer caso, simulamos un discurso simple; en el segundo, imitamos el tono de las narraciones populares.

En definitiva, solo hay que reconocer cuándo el texto nos pide que introduzcamos estos recursos y cuándo sería mejor aparcarlos. La escritura no encaja en una escala de blancos y negros, ni siquiera de grises. Tenemos toda la paleta de colores para jugar. El buen escritor conoce las reglas y las transgrede a conciencia para lograr un determinado efecto en la historia, una reacción o emoción en el lector.

 

 

3. Empecinarse en mantener lo que sobra

El error 34 de la guía de Marian dice así: «No hagas que las palabras se peleen por estar ahí. Prueba a eliminar algunas y… observa».

 

A veces, el problema no es lo que falta, sino lo que permanece porque nos hemos acostumbrado a verlo. Incluso cuando sabes resumir e ir al grano, corres el riesgo de apegarte a una frase, una imagen o una explicación y dejarla ahí, aunque no aporte nada.

No creo que haya que obsesionarse con prevenir que esto suceda mientras escribimos. Cuando nos sentamos y aporreamos el teclado, es natural volcar miles de palabras innecesarias. Por eso, luego hay que hacer una poda concienzuda en el proceso de revisión. Borrar puede ser doloroso al principio, ya que te has esforzado en escribir incluso lo que no hacía falta. Pero las sobras, créeme, no las quiere nadie.

Así, la autocrítica se convierte en el pilar de la fase de revisión y corrección. Ahora bien, la autocrítica no consiste en buscar defectos en todo lo que escribimos, sino en aprender a reconocer nuestras tendencias y revisar con más conciencia.

 

 

4. Mi último crimen: enredarme en preámbulos

El error número 27 consiste en dar vueltas sin meter al lector en la historia. Un gran fallo, ¿verdad? Los libros tienen que enganchar desde el principio, y más si no eres famoso.

En mi primer borrador de Máscaras de sangre cometí el error de empezar presentando a la protagonista y describiendo su vida cotidiana. Se trataba de una joven que organizaba un viaje a Camerún a través de una organización solidaria.

El vínculo emocional con la experiencia que inspiró la novela hacía que ese comienzo me pareciera importante. Sin embargo, más tarde comprendí que lo que era significativo para mí no tenía por qué serlo para el lector.

 

Mi lectora beta se dio cuenta enseguida de que esos primeros capítulos eran un preámbulo innecesario donde en ningún momento se sembraba la intriga de lo que sucedería a continuación. Por eso, los eliminé y decidí comenzar justo en el meollo de la cuestión: el viaje a Camerún, el shock de la protagonista y de su compañera ante el anfitrión que les toca.

 

No obstante, no los borré sin más, sino que hice un trabajo quirúrgico. Sabía que en ese preámbulo había información importante sobre la protagonista, así que me rompí los sesos para diseccionarla e incorporarla en capítulos posteriores, de manera que resultara natural. A menudo, escribir es reescribir.

 

 

Una mirada más consciente

Probablemente, dentro de unos años vuelva a leer lo que escribo ahora y me lleve las manos a la cabeza, pensando: «Este párrafo podría estar mejor escrito» o «Si este personaje hubiera actuado diferente, la historia ganaría fuerza».

 

No debería considerarlo un fracaso. Sería una señal de que sigo aprendiendo, leyendo con ojo crítico, sin caer en la autocomplacencia. Eso mantiene la humildad y la evolución sin desacreditar ninguna obra publicada.

 

 

Os dejo abajo el blog de Marian Ruiz, que me ha sido súper útil. Lo que no me convence tanto de su guía es el error 47. En la próxima entrada os contaré por qué.

 

Si tenéis cualquier comentario respecto a la autocrítica, ya sabéis que podéis escribirme.

 

Nos leemos pronto,

IT

 

Saber más

Ruiz, M. (s. f.). Blog. Marian Ruiz. https://marianruiz.com/blog/