Las secuelas invisibles de la COVID persistente
Como algunos ya sabéis, padezco COVID persistente desde el año 2021. En esta entrada os contaré cuál es el impacto psicológico de convivir con una enfermedad crónica poco estudiada y poco comprendida.
No todo es lo que parece
Mis síntomas (al menos ahora) son invisibles a ojos ajenos, así que me saludan frecuentemente con un «te veo muy bien». Por una parte, me alegro de que así sea: prefiero dar una buena imagen a que piensen en llevarme al Circo de los horrores. Por otra parte, mi aspecto no es fiel a mi estado de salud. Eso, a veces, me resta credibilidad.
Sí, esto no es solo una cuestión de salud, sino de fe. Quien quiera creer que tienes todos los síntomas que dices que tienes, lo hará. Quien no, que cambie de religión.
Imagen: Meta AI a partir de foto propia
Psiquiatrización de la enfermedad
Todavía falta mucha concienciación e investigación sobre la COVID persistente. La consecuencia más grave es esta: algunos doctores no saben cómo ayudar a los pacientes. Unos lo reconocen (abiertamente o a regañadientes); otros suponen que mejorarás con el tiempo y te dan el alta; y unos pocos sugieren que lo tuyo es hipocondría o tan solo ansiedad.
Porque cuando no detectan una causa orgánica clara, seguro que es ansiedad. Como hoy en día todo el mundo anda estresado de un lado para otro, ¿qué hay de malo en derivarte al psiquiatra cuando lo que en realidad necesitas es un buen endocrino?
Es innegable que convivir con una enfermedad crónica genera ansiedad, sobre todo los primeros años, cuando no entiendes de qué va la cosa. Sin embargo, esta inquietud no es la causante de los síntomas (aunque puede empeorarlos), sino que es consecuencia de estos.
Es importante contar con recursos para gestionar el estrés y las emociones negativas, incluso acudir a un profesional si necesitas ayuda para encontrar las herramientas que mejor te funcionen a ti. No obstante, lo fundamental es ir a la raíz del problema. En mi caso, ni el mindfulness, ni el yoga, ni la escritura terapéutica iban a librarme del dolor, la fatiga o los problemas digestivos.
Investigar para sobrevivir
A toda esta bola de ansiedad se le suma la necesidad de ir por delante de los especialistas que te visitan de tarde en tarde, a pesar de estar en la cuerda floja o cayendo en picado. Por ejemplo, yo sola me di cuenta, después de investigar y comparar mi clínica con la teoría, de que tenía vaciados gástricos acelerados con las consecuentes hipoglucemias reactivas. Cuando dejé de sufrir cuadros vagales cada vez que intentaba sacarme una gota de sangre, verifiqué con el glucómetro estas bajadas de azúcar.
Quizás algunos, penséis: «Si tan grave estabas, a urgencias». Ya he pasado por ahí varias veces, y también he estado ingresada. Ni urgencias ni el ingreso hospitalario son siempre una solución. Depende de cada caso individual. Los doctores que te atienden en estas situaciones excepcionales suelen tener las mismas limitaciones que los que te ven en consulta, y al mismo tiempo, conocen menos tu historial.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Yo opto por intentar adelantar las citas: escribo directamente al SAIP (Servicio de Atención e Información al Paciente). A veces, toca la lotería; otras, me ignoran.
Para gestionar ese silencio y sobrevivir a la espera, me refugio en la literatura. Leer y escribir me ayuda a evadirme de la realidad, a liberar la ansiedad y canalizar la impotencia. Eso sí, no hace que desaparezcan mis síntomas, que en mi caso no obedecen mucho a mis emociones.
Ilustración: Meta AI a partir de foto propia
Impacto psicológico profundo
Lidiar con una enfermedad crónica poco investigada a menudo implica convertirte en detective cuando ni siquiera puedes sostenerte, soportar críticas que duelen más que los síntomas y aceptar que no puedes llevar una vida normal.
Esto impacta de manera directa y profunda en la identidad. Yo no soy quien era antes de contagiarme de COVID-19. En la medida de lo posible, he continuado con los hábitos de vida saludables que ya tenía, pero aun así me encuentro mal todos lo días y tengo limitaciones que poco se entienden a mi edad. Intento cuidarme y llevar una vida tranquila: no es obsesión, no es pereza, sino supervivencia.
A mí no me hace falta salir de fiesta o tomar una copa para despertar con resaca. No es necesario que haga ningún esfuerzo para sentirme agotada; no necesito exponerme al calor o sentir estrés para tener bajadas de presión arterial; así como tampoco es preciso que pruebe comida basura, dulces o fritos para tener indigestiones.
Convertir los límites en oportunidades
Esta enfermedad y muchas otras patologías crónicas, resultan tan limitantes que a menudo te obligan a cambiar el rumbo de tu vida. A mí me ha pasado: estudié Magisterio de Primaria, y a día de hoy sería muy complicado que yo aguantara más de cinco minutos en una clase llena de niños sin sufrir síntomas.
Me ha tocado reinventarme; así que he decidido apostar por lo que más me llena: escribir y dar a conocer mis historias. De hecho, estoy más dedicada a lo que me apasiona de lo que podría haberlo estado si ahora mismo fuera maestra, tuviera un empleo o estudiara una carrera universitaria. Siempre hay que ver la parte positiva; y si no existe, habrá que inventarla.
Si has aprendido algo nuevo, te has identificado con mi situación o te has parado a reflexionar durante un instante mientras leías, ya he cumplido mi propósito.
Gracias por leerme. Si tienes cualquier comentario, no dudes en escribirme.
Nos leemos pronto,
Ishtar Terra





