El hombre del saco
ADVERTENCIA +18: abuso infantil y contenido sensible.
Prólogo
Hasta la década de los cincuenta no llegó a España un antibiótico contra la tuberculosis; por lo que, ¿qué iba a hacer a principios del siglo XX un paciente almeriense de dicha enfermedad? ¿Resignarse?
Sabía que tenía tuberculosis. Sentía la plaga blanca dentro de su cuerpo, sentía que estaba muy arraigada en su interior. Sabía que por mucho que tosiera, y por muchos esputos sanguinolentos que arrojara, la enfermedad no saldría de su cuerpo, pues se había instalado en él y había echado hondas raíces.
Pero él amaba la vida con todo su corazón, y no veía el momento de despedirse de ella. La fiebre le quitaba el sueño y el descanso por las noches, el malestar le privaba del placer, no pasaba más de cinco minutos sin toser y con el consiguiente sabor de sangre en la boca, pegado a la lengua, adherido a los dientes.
Llevaba ya mucho así. Una eternidad, que no sabía cuánto tiempo había sido en realidad. Más de un mes, seguro. Pero ya no podía soportarlo, y tampoco quería decirle adiós a la vida. Había perdido peso y echaba de menos su juvenil energía; que si ya se había esfumado estando sano cuando alcanzó los cuarenta y pico años de edad; en ese momento, con cincuenta y cinco años y enfermo, ni un ápice de esa vitalidad le quedaba, y no podía sino estar nostálgico.
Así estaba Francisco Ortega, apodado el Moruno, en 1910, en Gádor, Almería. Era un enfermo de tuberculosis, enfermedad que muchos llamaban todavía tisis, desde la Antigua Grecia, gracias al médico Hipócrates (aunque el término actual se acuñara en 1882); pero también se conocía popularmente como la “plaga blanca”, por la gran epidemia del oscuro siglo XVII.
Estaba tirado en la cama, con su habitual ropa raída y mugrienta que no se molestaba en cambiarse. Su hijo, antes de marcharse a pie para llevar a cabo su jornada como sirviente, le ofrecía un duro mendrugo de pan, que Francisco rehusaba a aceptar.
—Ni comer puedo, hijo mío —masculló entre dientes—. Al menos, no ahora.
—Me prometiste que irías a ver a la curandera —respondió su hijo—. Y decías que vivía cerca de casa.
—Iré —frunció el entrecejo. No tenía energías para moverse.
—¿Quieres morirte, padre?
—No, por Dios, no quiero.
—Entonces, ve.
Le hizo caso al hijo. Sacó energía y contemplando cómo despuntaba el sol, ahí tirado en su lecho, que tenía una rudimentaria ventana en frente, se dijo que no quería que aquel fuera el último amanecer que contemplara, que cincuenta y cinco años de vida no le parecían suficientes, y que quería vivir muchos amaneceres más.
Acudió a ver a Agustina Rodríguez, que hizo que llamaran al barbero Francisco Leona Romero para que acudiera a su casa en cuanto pudiera. Ambos acostumbraban a trabajar juntos, y Agustina, la bruja y curandera, que era lo mismo, le confió al tísico que Francisco Leona estaba siendo buscado por su exquisita experiencia laboral.
—¿Cómo puede ser eso? —Ortega no lo comprendió.
—Todo tiene un precio, y burlar a la muerte tiene el precio más alto.
—Gesticuló, segura de sí misma, llevando la mano lo más arriba que pudo para simbolizar cuán alto era el precio de eludir la muerte.
—Pero ¿qué hay que hacer?
—Toda recompensa conlleva un sacrificio.
Ortega estaba deseando saber qué narices debía hacer para librarse de aquella enfermedad, de aquel sufrimiento que le amargaba la vida, y que, si no actuaba pronto, se la arrebataría.
Algo en Agustina le despertaba seguridad y confianza. ¿Serían sus constantes afirmaciones acerca de la experiencia que tenía? ¿Serían sus arrugas, surcos profundos que burlaban la vejez? ¿Habría burlado acaso ella a la misma muerte, y por eso sabía del tema? ¿Acaso sería inmortal?
—Estoy dispuesto a lo que sea —afirmó, y solo le tembló la voz por el pinchazo que sintió dentro de sus pulmones.
Tosió con fuerza y se le olvidó ponerse las manos delante de la cara. Gotitas de sangre salieron volando hasta la cara de Agustina, que lejos de reprenderlo, esbozó una sonrisita y lamió la sangre que había caído sobre sus labios.
—Francisco Leona y yo tenemos mucha experiencia. No te creas que no nos hemos enfrentado antes a enfermedades como la tuya, que los mortales comunes creen letales y que solo los mejores curanderos sabemos sanar. Solamente hay que saberse la receta mágica. Espero que lleves dinero encima…
Por supuesto, antes de revelarle la receta que acabaría con sus males, Francisco Ortega debía pagar a la bruja Agustina. Tres mil reales le pidió. Por descontado, el cliente aceptó.
—Ahora sí que puedo revelarte la receta.
—Aún no me has explicado por qué se busca a Francisco Leona —le recordó.
—Lo entenderás cuando escuches la receta. Una cosa detrás de la otra. Hemos curado a muchísimos enfermos, que han vivido muchos, muchos años. Y algunos no están de acuerdo con los métodos que aplicamos, porque las curas conllevan un sacrificio. Normalmente, para salvar una vida, es necesario deshacerse de otra.
Permaneció un minuto pensativo. Una gota de sudor frío le bajaba por la frente, pero no era sudor de nerviosismo, sino un efecto colateral de la tuberculosis. Se había perdido todo lo que le había dicho Agustina excepto lo último, aquello de segar una vida para lograr que otra se conservara.
—Tiene sentido —dijo.
—Claro que lo tiene. No podría ser de otra manera.
Francisco Ortega entornó los ojos. Quería ya su solución, aunque hiciera falta asesinar a alguien. Se perdió todo lo que le dijo a continuación, la parte relativa al barbero con antecedentes, pues le importaba un comino. Solo había acudido allí para curarse. Pero todas las viejas eran así de romanceras. Y más si eran brujas sabias, pues tenían más cosas que contar.
—Francisco Leona hace muy bien su trabajo, y por eso es tan conocido. Y a la policía, en especial, no le parece bien el precio a pagar por curar ciertas enfermedades mortales. No entienden que es solo puro negocio. Y por eso van tras él. ¡Al final ni trabajar se puede! ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Condenarnos por respirar? —resopló.
Entonces Agustina se levantó y el enfermo estuvo a punto de preguntar por su cura, pero su vista voló hacia una caja repleta de cositas pequeñas que se movían. La bruja acercó la caja a la mesa, en torno a la que estaban sentados ambos. Era una cajita de corcho, dividida en cuadritos, y en cada uno de ellos, había negras arañas de peludas patas largas, que se agitaban compulsivamente. Pero no podían, ninguna de ellas, salir del cuadradito que se les había asignado. Estaban clavadas con palos a la base de la caja de corcho. Y no se morían. Aquella vieja, sin duda, era una bruja de pies a cabeza.
—¿Quieres uno, Moruno? —rio, satisfecha con su pareado.
—Me quita el apetito mi plaga blanca —se quejó, negando, extrañado por el aperitivo que había escogido la bruja.
—Son bombones naturales, muy proteicos.
Extrajo un palo, y con este, la araña, que movía sus patas con frenesí, queriendo escapar de las fauces de la bruja, quien se la zampó de un bocado.
—Mmm… —se relamía—. ¡Qué crujiente!
—¿Mi receta? —no pudo resistirse a reconducirla a su único tema de interés, viendo que se iba todo el rato por las ramas.
—Tienes que beber la sangre de un niño y untarte sus mantecas, aún calientes, sobre el pecho. Mis hijos y Leona te ayudarán. Bien, ya que me has pagado, no tendrás que mover un dedo, más que acudir adonde se te indique, beber la sangre calentita del niño y dejar que unten sus mantecas por tu pecho.
Al principio, y con el poco apetito que ya tenía de por sí, no le gustó la idea; pero luego volvió a toser, sintió que sus pulmones se morían, y comprendió que sí que era capaz de aceptar ese precio por curarse. Y, además, se le volvió a inundar la boca de sangre, por lo que pensó que tampoco iba a haber mucha diferencia a la hora de beberse una sangre u otra. Ya estaba acostumbrado al caliente y metálico brebaje.
—Esto lo solucionamos hoy. Los problemas los arranco de raíz. Los curanderos de métodos aburridos los cortan superficialmente, por eso no acaban definitivamente con nada. No valen para nada.
A Ortega le daba igual la opinión de Agustina sobre los curanderos tradicionales que no usaban la magia como ella y que no llevaban a cabo espeluznantes y sórdidos rituales ni sacrificios humanos. A Ortega ya no le quedaba una pizca de ética en el cuerpo, en el corazón o en el cerebro; solo albergaba en su interior la contagiosa y virulenta enfermedad que le producía tos y malestar general a toda hora, sin descanso. Solo quería curarse, ¿tan difícil es de entender?
La bruja vociferó los siguientes nombres: Pedro, Julio, José. Y los aludidos, que eran sus obedientes hijos, acudieron de inmediato. Les explicó qué había que hacer, con unas palabras que Francisco Ortega no entendió. En esto, llegó el otro Francisco: Francisco Leona, el curandero y barbero buscado por los maderos. Nada más enterarse de la situación, dijo solemnemente:
—Yo me encargaré de buscar al niño objeto de sacrificio, con el fin de que este buen hombre, padre de familia, pueda recuperarse.
Qué valiente parecía el barbero, qué fuertes sus brazos. Tan solo su presencia le reconfortaba. La esperanza, interrumpida por otra prolongada tos, le hizo imaginarse a sí mismo con fuerzas recobradas. Podría tener sexo de nuevo, con quien él quisiera, cuando le diera la real gana. Y este pensamiento lo excitó. Uf, estaba dispuesto a todo, a comerse el blandito corazón del niño si hubiera sido requisito también.
—Pues tú y mi Tonto encontraréis un niño de sangre caliente y nosotros prepararemos todo en el cortijo.
A Julio Hernández, uno de sus hijos, incluso su propia madre lo llamaba en ocasiones por su apodo; él, desde pequeño, era el Tonto. Y en realidad no era más tonto que sus hermanos, pero tenía unas dificultades en el habla, por culpa de los experimentos que su madre había practicado con él, que le hacían parecer idiota. Julio el Tonto frunció el ceño, pero luego, como si de un tic se tratase, esbozó una malévola y siniestra sonrisa. Incluso a la vista confusa del agonizante enfermo, Julio tenía cara de tonto.
—No tendrás que hacer nada —se le aseguró de nuevo al enfermo, esta vez la voz de Francisco Leona—, tan solo esperarnos. Y el Tonto y yo seremos rápidos, aunque más vale que hable yo con el niño.
José llamó a gritos a su mujer, Elena, que se mostró ante todos en cuanto pudo, sin avergonzarse de su apariencia. Ellos no se mostraron extrañados, sino que la contemplaban como si aquello fuera la cosa más natural del mundo. Apareció desnuda, con una pícara sonrisa, con el cuerpo cubierto de sangre, barro y algunas plumas adheridas a la piel. En su cabeza se hacían evidentes varias calvicies, que se notaban a la legua por ser amplias y porque su cabello era muy oscuro: negro azabache.
—Qué orgullosa estoy de ti, Elena —alabó la vieja bruja.
—Sigo tus pasos, maestra —le respondió ella.
Le dijeron lo que había que hacer y sus ojos brillaron con una emoción infantil de lo más pura y sincera. Se apuntó sin pensarlo dos veces.
—Hacía mucho que no nos visitaba un tísico. —Aplaudió tras estrujar sus pezones.
Hablaron de unas pocas cosas más, mientras el enfermo escondía entre las manos su tuberculoso rostro. Un escalofrío le recorrió de arriba a abajo. Venía de tanto en tanto el dolor de pecho a visitarle. Que le trajeran al maldito niño ya, que, aunque le habían dicho que no era necesario que hiciera nada más que esperar, beber y dejar que le untaran la grasa del niño bien calentita, en el pecho, era capaz él de clavarle el cuchillo, del ansia que sentía de liberarse. El derecho a la libertad era algo universal, y aquella enfermedad lo había condenado a sufrir. Y era hora de acabar con el martirio y volver a vivir. Sería como cuando un fénix renace de las cenizas.
Francisco Leona y Julio el Tonto salieron de la casa en busca del niño. Escogieron a Bernardo González Parra, un niño de siete años, que después de comer un humilde plato de col y patata hervidas, junto a sus cuatro hermanos, salió de la cueva que tenía por casa, para acompañar a su madre a una balsa para lavar la ropa. Pero no le apetecía, mucho, acudía, más bien, obligado por su padre:
—Cada día ayudáis uno a vuestra madre, así s’ha acordao’. Y si no me haces caso, a la cama sin cenar, más comida pa’ tus hermanos.
Así, amenazado con quedarse sin cena, amedrentado solo de imaginar los rugidos que su estómago vacío proferiría por la noche si no cenaba, dejó de ofrecer objeciones del tipo “me duelen las tripas, me ha caío mal la col pochá” o “me voy a marea’ con este caló’”. Porque, aunque era verdad que hacía mucho calor, a las cinco de la tarde en toda Almería, aquel veintiocho de julio, el camino tenía tramos de sombra y lo había recorrido ya otras veces con esas temperaturas extremas. Y no distaba mucho de casa, por lo que era evidente que eran baratos pretextos de un niño, que, con la barriga llena, prefería hacer la siesta en lugar de ayudar a su madre a lavar la ropa.
María, como la Virgen, se llamaba su madre. Iba cargada con varios bultos de ropa y su hijo le ponía nerviosa, pues se había puesto a dar vueltas en torno a ella, correteando. Menudo estorbo. Pero a ver si así su madre se hartaba de él y rehusaba a que la acompañara la próxima vez, recordando que era capaz de sacarla de quicio y ponerse de lo más insoportable.
—Niño, no hagas eso, que me mareo. ¡Ya vale!
—Perdón.
Pero no lo sentía. Cambió de estrategia. Se alejaría, se perdería un poco. Que su madre lo buscara y se cansara de ir tras él, que acabara agotada y no volviera a pedirle nunca que le ayudara a lavar la ropa en la balsa. Porque, además, siempre decidía hacerlo en la hora en que al pobre niño se le caían los párpados de sueño, después de la comida. ¡Cómo disfrutaba de la siesta cuando les tocaba a sus hermanos! Pero él se merecía tener todas las siestas aseguradas. Lo necesitaba. Pues si no descansaba después de la comida, incrementaba su mal humor, a veces le venía dolor de cabeza y, lo que era peor: ¡cómo se aburría lavando ropa! Prefería ayudar a su madre a limpiar la pequeña cueva por las mañanas, que es cuando más energía tiene uno, recién levantado.
O también podría darse otra situación, pensó el pequeño Bernardo: que su madre renunciara a buscarlo, que lavase las prendas ella solita y que tuviese él carta libre para regresar a su casa cuando se aburriera de merodear por nuevos parajes.
Y así, inmerso en infantiles imaginaciones, pensando en husmear en los huecos de los árboles que se extendían más allá, por si acaso descubría algún hada escondida, se alejó el niño de su madre, corriendo. Corriendo.
Para fortuna del Tonto y de Leona, el niño estaba completamente solo, en un campo de retamas y olorosos tomillos, bien a la vista. Lo vieron enseguida. Y lo miraban como el cazador que acecha a su víctima con una escopeta, con una salvedad: en lugar de escopeta, habían llevado consigo un paño impregnado en cloroformo y un saco en el que cabrían unas tres o cuatro mallas de patatas de tres kilos cada una.
El niño se extrañó de verlos allí, a lo lejos, observándole con fijeza. ¿Debía alejarse de esos desconocidos? Se acercaron un poco más y el niño dio también un paso hacia ellos, solo porque tenía curiosidad de ver quiénes eran. ¿Los conocería, aunque fuera, de vista? No, no los conocía de nada.
Aunque el más alto de ellos, pensó el pequeño Bernardo, no tenía cara de tonto, desconfió de repente de aquellos extraños que avanzaban en su dirección, así que se dio la vuelta, con la intención de alejarse de ellos, andando tranquilamente, porque, ¿para qué molestarse en exteriorizar un miedo que, seguramente, fuera irracional, tan solo provocado por paranoias suyas? No tenían por qué estar persiguiéndolo. A lo mejor solamente habían ido a parar a aquel campo en busca de un buen tomillo.
En ese momento, ya no le pareció tan horrible ayudar a su madre a lavar la ropa de toda la familia y saltarse la siesta. Se volteó, sintiéndose algo inquieto, para mirar a los extraños. El intermitente de alerta se disparó en su pecho cuando se dio cuenta de que los dos desconocidos habían acelerado el paso. Iban hacia él. Ninguno de los dos se detuvo a mirar el tomillo que los rodeaba.
Desde esa distancia, se dio cuenta de que el que tenía cara de tonto lucía una espeluznante sonrisa de cuya comisura caía una gota espesa de saliva. Sostenía en su mano un paño y lo miraba fijamente. Sin duda era un perturbado. Pero le asustó más lo que llevaba en la mano el que tenía cara de estar cuerdo. Llevaba un saco, y de pronto le sobrevino a la mente una idea espantosa, de lo más terrorífica: se imaginó a sí mismo en el interior del saco. ¿Serían acaso, unos secuestradores de niños?
Pero quizás, pensó, acelerando el paso, comenzando ya a trotar, dejando que sus piernecitas delgadas obedecieran al miedo que sentía; quizás solo fuera un saco para recolectar otra especie de hierba aromática, que no estaba en aquel campo, y como ellos eran extranjeros que desconocían la zona, habrían supuesto que él era natural de allí y que sabría indicarles dónde encontrar la hierba que buscaban.
¿Era eso último más fácil de creer que lo primero? No. Su intuición, que le hizo volver a voltearse y convertir su leve trote en un sprint, le decía que buscaban un niño al que secuestrar. Y no quería creer su intuición. No quería, no quería… Pero huía porque se temía lo peor.
¿Por qué no había gritado ya, teniendo las zancadas de esos secuestradores pegadas a los talones? ¿Por qué no gritaba un largo e interminable “madre”, ahora que sabía que lo perseguían y que no pretendían hacer nada bueno con él? ¿Acaso sus cuerdas vocales se habían quedado atrofiadas por el terror? ¿Acaso pensó que gritar le quitaría la energía para escapar?
Iba a despegar los labios, iba a proferir un grito. Ni madre, ni María, un “aaaaah” profundo y cargado de espanto. Su boca se topó con el intenso olor y sabor del cloroformo, y ni siquiera pudo emitir un gemido bajo el paño que bloqueaba sus orificios nasales y su boca, sujeto por una mano que ejercía una violenta presión que no llegó a infligirle dolor alguno porque enseguida perdió la consciencia…
Ya tenían Leona y Julio el Tonto lo que buscaban. Con el saco a las espaldas del Tonto, dentro del cual yacía el niño inconsciente y boca abajo, regresaron al cortijo de San Patricio, donde todos los esperaban impacientes.
—Aquí tra-traeremis a nini —sonrió Julio el Tonto abrazando a su madre, una vez hubo depositado el saco a los pies de Leona, dejando entrever que le faltaba el colmillo izquierdo y un premolar (por culpa también de su madre)—. Teñía patitos de poio —se carcajeó.
—Yo me pido desnudarlo —dijo Elena con sus ojos de loca desorbitados. Le fascinaba desnudar niños.
Por otra parte, la esperanza en Francisco Ortega había aflorado cual margarita en primavera. Una vez Elena hubo desnudado al niño, deslizando suevamente cada prenda e inhalando su aroma, tumbaron a Bernardo en el suelo, sujetándolo por las extremidades, pues sospechaban que no tardaría en despertar. Y no se equivocaban.
Abrió los ojos y vio que estaba rodeado de extraños. Sus pupilas enfocaron primero la afilada navaja que había en la tierra, cerca de él; y después, a lo lejos, un cerco de fuego que los rodeaba a todos, como si de un ritual satánico se tratara. Agitó los brazos con fuerza. Ya estaba despierto, consciencia recuperada. Y lo primero que hizo fue gritar. A ver si su madre le oía y le salvaba, y él la ayudaría a lavar ropa todos los días, porque se merecía un castigo.
La tercera cosa que sus ojos localizaron (la primera una vez recuperada la consciencia del todo), fueron los rostros de aquellos desconocidos que lo habían perseguido en el campo de tomillo y retama. Lo habían secuestrado, y por la babilla que caía de la boca del que tenía cara de tonto, dedujo que querían asarlo vivo para comérselo. Gritó. Sí, lo presentía, por la fijeza siniestra con que lo admiraban.
—¡Madreeeeeeeeeeeeeeeee! —gritaba, para después coger aliento y prolongar el “eeeeeeh” tanto como sus pulmones le permitían—. ¡Madreeeeeeeeeee! —vociferó, hasta que su “eeeeeeh” se vio interrumpido por una bofetada de Agustina que dejó en su mejilla cinco surcos de los cuales la sangre no se hizo esperar para brotar.
Pero Bernardo siguió chillando, más por el miedo que lo asolaba que por el dolor del bofetón. Francisco Leona le propinó una patada en toda la nariz, para callarlo. Qué molestos eran los gritos infantiles que los niños se empeñaban en proferir. Estaba ya acostumbrado, pero seguía sin soportarlos, cada nuevo grito le parecía siempre más molesto que el anterior. Aunque estuvieran en un lugar aislado y no corrieran riesgo de ser descubiertos, era mejor para su salud el silencio que los gritos de los niñatos. ¿Tanto les costaba a los niños mantener la boca cerrada?
—Calla —le ordenó, sin perder los nervios.
Sin embargo, como todos los niños hacían, Bernardo no obedeció, pues seguía llamando a su madre. ¿Es que, a ninguno, en sus casas, les habían mandado a callar? Le dio un pisotón en el estómago. Francisco Leona siempre les enseñaba a los niños a guardar silencio, a la fuerza, que es como mejor se aprehenden las cosas.
José y su hermano el Tonto, lo agarraban con fuerza para evitar que se escapara. De las muñecas lo cogía el primero, con tanta vehemencia que le cortaba la circulación; y de los tobillos lo agarraba Julio. Lo elevaron del suelo y, mientras lo hacían, Elena no reprimió la tentación de estirar su esbelta pierna para darle un golpe de talón a la garganta del niño, que cesó de abrir paso a los insoportables y agudos chillidos. Julio y José dejaron al niño sobre dos mesas que Agustina había llevado hasta allí y dispuesto una junto a la otra, como si de una sola mesa se tratase.
La bruja alzó el brazo de Bernardo, de cuyos labios salían solamente débiles gemidos y quejidos ininteligibles. El dolor y el miedo. Se había orinado encima. Su cuerpo desnudo manchado de pis se enfriaba con la brisa. Y todo temblando, indefenso, y sin pensar en que Dios fuera su salvación, porque sabía que el Señor tendría otros asuntos que atender, y no impediría que esos locos lo asaran como a un pollo y lo devoraran. Los ojos los tenía cerrados, y deseaba ya estar muerto. Sentía que tenía un agujero en el estómago. ¿Podía ese órgano reventar como un globo que se pisa con fuerza contra el suelo?
En la axila izquierda del niño, clavó el experto Leona la navaja barbera de fina hoja. Hizo un tajo profundo, causando en su cuerpecito un daño irreparable. Francisco Ortega, el Moruno, se acercó y colocó un cuenco de porcelana bajo la herida de Bernardo. La sangre brotaba como el agua de una fuente. No, como el agua de una cascada, a borbotones e incesablemente. Una vez el cuenco se llenó y comenzó a desbordarse iba a llevárselo el Moruno a los labios, sin caber en su excitación por su inmediata cura, tras proferir una tosecilla.
Dejaron el cuerpo aún caliente y desangrándose descansando sobre la mesa, comentando las indicaciones a seguir para realizar la segunda parte que concluiría con la cura del tuberculoso paciente.
—Un momento. —Puso Agustina la mano sobre el cuenco de sangre de Bernardo, antes de que el Moruno diera un primer trago—. Cuanto más azúcar, más dulce —dijo, ofreciéndole un pequeño frasco lleno de azúcar.
Francisco Ortega el Moruno asintió y aceptó el frasquito, cuyo contenido vació en su suculento cuenco. Removió unos segundos con el dedo índice.
—¡Listo! —exclamó, feliz. Tenía ante sus ojos una dulce sopa contra la plaga blanca.
En tres o cuatro tragos el cuenco quedó vacío; y el Moruno se apresuró a pasear su larga lengua por el fondo de este, porque ahí quedaba la mejor parte: algunos coágulos de sangre con azúcar, acumulados al fondo. Su estómago se revolvió. Debía de ser la reacción de la potente cura, actuando contra el virus.
—Voy a hacer la cena, cariño —dijo Elena a su marido, José, mientras sus manos se paseaban por el cuerpo inerte de Bernardo.
—Vale.
—Ya sabes cómo salir del cerco de fuego sin quemarte —señaló Agustina.
—Rodando, rodando, rodando, cubierto el cuerpo de porquería y mejunje. Estoy preparada, maestra. Por cierto —se dirigió entonces a su marido—, resérvame los ojos y tres o cuatro dedos, para que aporten sustancia al caldo que sobre.
Y dicho esto, se alejó dando saltitos, pensando en la suerte que tenía de contar con la mejor maestra. Además, estaba muy contenta porque tendría pronto un aderezo especial para mejorar el plato que presentaría al día siguiente a la hora de comer o cuando se le viniera en gana. Rio despreocupadamente, con esos ojos de loca que a cualquiera infundirían pavor y ganas de huir de ella solo de mirarlos.
Sostenía José un candil que alumbraba todo; aunque tenuemente, por tratarse solo de un simple candil, claro está. Entonces Agustina procedió con la navaja. Podría haberlo hecho a oscuras y con los ojos cerrados. El arte de la disección era una habilidad que compartía con el barbero–curandero. Rajó el cuerpo de Bernardito, que dejaba a sus padres con cuatro hijos; todos mayores que él menos uno de ellos, que tenía cinco años y se le pegaba siempre a él, por ser Bernardo el más próximo de sus hermanos en edad.
Había que abrirlo en canal de arriba abajo. Tampoco era necesario comenzar a proferir el corte desde el esternón, como hizo la bruja; con empezar la incisión a la altura de la boca del estómago hubiera sobrado; pero a Agustina le gustaba clavar bien la navaja a la hora de abrir en canal a las personas y desplegarlas lo máximo posible, cual libro abierto que nada tiene que ocultar. Y así dispuso sus pieles, abiertas a los lados, cual libro desplegado.
El Moruno, rebosante de felicidad, cogió las vísceras, que no pudo arrancar de cuajo, sino que necesitó el respaldo del trabajo de la bruja con su navaja, que no solo permitió que se hiciera con las vísceras; sino que repeló con la navaja de verduguillo la piel del pequeñín, que tenía, como todas las pieles humanas, tejido graso que necesitaban extraer. Así fue como se hicieron con las mantecas todavía calentitas.
Francisco Leona, que acariciaba las vísceras en sus manos, del mismo modo que un avaro toquetea sus monedas o cualquier preciado tesoro, le quitó la camisa al otro Francisco, rompiéndola con las manos. Qué fuerte estaba Leona, qué fuerza tan admirable, digna de envidiar.
Puso Agustina en sus manos, encima de las vísceras (intestinos, corazón, estómago espachurrado, un trocito de hígado y otro de pulmón), las mantecas (la grasa). Se lo restregó todo Ortega por su peludo pecho, ayudado por las manazas del Tonto, que impidieron que un trocito de intestino y otro de amarillento tejido adiposo, cayeran al suelo.
Ya notaba Francisco Ortega cómo se ensanchaban sus vías respiratorias y su tos se esfumaba. ¿Sería solo un efecto provocado por la elevada euforia de haber encontrado una cura? ¿O acaso esta cura efectiva actuaba con sorprendente inmediatez?
Así estuvo varios minutos, restregándose las mantecas y las vísceras, incluso por la cara, aunque eso no formaba parte del ritual, pero por si acaso. Por si acaso eso potenciaba el efecto sanador. Y porque era agradable sentir contra su piel esa mezcla jugosita, que pasó de estar caliente, a estar templada, a estar fría. Y tiró las vísceras y las mantecas a tierra cuando se enfriaron tanto que comenzaron a enfriarle a él. Tosió y escupió sangre, pero lo atribuyó al frío de la mezclilla, fría contra su piel unos segundos antes, y a los restos de sangre que quedaban en su boca.
Por eso se despidió, mostrando su agradecimiento, pensando en su camita calentita y en metérsela a su mujer al día siguiente, cuando hubiera descansado, y con el sueño reparador, todo resto de plaga blanca se hubiera esfumado por completo.
Agustina, acompañada de José y Julio el Tonto, llevaron lo que quedaba de Bernardito al barranco del Jalbo. Y ahí lo arrojaron. Les pareció oír un “Madreeee”, como un terrible eco que buscaba apelar a sus conciencias. Pero ellos, de eso, no tenían.
Unos días más tarde, mientras el tuberculoso retozaba en su cama con su mujer, mientras ella gritaba y él no sentía placer alguno, pues la enfermedad seguía carcomiéndolo, mientras su cuerpo rígido, en lugar de despedir placenteros gemidos, solo emanaba esputos sanguinolentos; en el barranco del Jalbo seguía apreciándose la figura de Bernardito. Y esa mañana de esos días más tarde transcurridos desde su asesinato, la Guardia Civil encontró el cadáver. Y como estaban buscando a Leona, que tenía numerosos antecedentes, sospecharon enseguida de él, así como todo el pueblo. ¿Podrían atraparlo algún día?
Sin embargo, ese día, los guardias habían hallado un incentivo más para buscarlo con más ímpetu. Dieron con él, o con un hombre que dijo ser él, y que confesó haber cometido el crimen enseguida, sin oponer ninguna objeción ni la menor resistencia. Fue algo extraño. Olieron el miedo en aquel hombre. Un miedo tan fuerte que les hizo echar la cabeza hacia atrás inconscientemente. Pero ni siquiera se dieron cuenta de que nunca habían olido un miedo tan hediondo en un delincuente que disponían codo con codo. Tampoco lo cuestionaron, pues, al fin y al cabo, ¿quién no le tenía miedo a la muerte? Estaba claro que ese iba a ser el precio a pagar por sus crímenes, por lo que, aunque fuera un despiadado asesino, ¿no es el miedo a morir uno de los rasgos comunes que definen al conjunto de los mortales?
Leona fue condenado a garrote vil, pero antes fue interrogado, y ni siquiera fue necesario emplear métodos de tortura complejos para que desembuchara. No, qué va, bastó con darle dos puñetazos bien dados, con el segundo de los cuales se le cayó un diente, que rodó por el suelo moteado de sangre por unos segundos. Incluso se meó encima. Qué cobarde ahora que se le agrede a él, pensó el guardia más alto de todos, que observaba cada detalle del rostro del criminal, a la izquierda del guardia agresor.
El detenido dio los nombres del resto de implicados, y también sus direcciones. Por eso, al día siguiente, Francisco Ortega y Agustina la bruja, fueron ejecutados en público. La guillotina, así, adelantó dos muertes que la tuberculosis se hubiera encargado de efectuar. Porque Ortega le tosió en la cara cuando la visitó y ella bien que se lamió los labios. La cuchilla bajó y segó sus vidas de un modo más instantáneo que la plaga blanca o cualquier otra virulenta patología.
José y Pedro, aunque este último no hubiera sido más que mero espectador de los hechos, fueron condenados ambos a diecisiete años de cárcel, y a quedarse huérfanos de madre, como ya hemos visto (nunca supieron nada de su padre, o sus padres; para ellos figuras sin cara, sin nombre, una sombra). Elena iba a ser condenada también, pero fue absuelta, pues tras unas pruebas que se le hicieron, dado el lamentable aspecto que tenía cuando la encontraron (su cuerpo desnudo lleno de cortes y con el cabello y las cejas medio arrancadas), determinaron que tenía histeria y otros problemas mentales a los que ni siquiera habían puesto nombre todavía. Julio el Tonto iba a ser condenado a muerte, a garrote vil, pero lo indultaron también. Su demencia era una evidencia. “Han estado manipulando a este pobre chico”, dijeron. “Ni siquiera sabe hablar correctamente.” “¿Cómo iba a saber lo que estaba sucediendo a su alrededor?” “¿No sería ilícito condenar a alguien a quien han privado de su voluntad y que actúa con una venda en los ojos?” Claro que era ilícito, por lo que Julio el Tonto, por ser fiel a su apodo, se libró de su castigo y tuvo una larga vida llena de aventuras.
El cabo Mañas, que había sido quien capturó a los criminales, fue el encargado de elegir al verdugo. ¿Por qué elegiría a alguien con los bracitos tan delgados como los de un crío desnutrido? Sencillamente porque ese era su primo. Y no hay nada más importante que la sangre, que apoyar a los tuyos. Y aunque sabía que no era el mejor de los ejemplares para llevar a cabo aquella condena, llamada garrote vil, no pudo evitar tirar por la familia. Sería un honor para su primo acabar con la vida de ese curandero y barbero (Francisco Leona) tan buscado por tanto tiempo.
Así pues, tuvo lugar la condena. El garrote vil daba nombre tanto a la condena como al elemento de tortura imprescindible para llevarla a cabo: una firme y rígida silla cuyo respaldo consistía en nada más que en un palo de hierro (mismo material que componía toda la silla) de rectangulares caras. Y a la altura del cuello había un collar, de hierro también, por supuesto, todo de frío e intacto hierro. Esta gargantilla estaba atravesada por un tornillo cuyo final era una bola.
El primo del cabo Mañas, el verdugo, estaba girando ese tornillo para acabar con el reo. Sus bracitos, para nada musculados, ejercían una fuerza que era para él desmesurada. Estaba haciendo tal esfuerzo que tenía que bajar los brazos de tanto en tanto y tomar un par de bocanadas de aire. Nadie le recriminaba nada, ni siquiera le miraban. “¿No era este mi momento de protagonismo?”, pensó, creyendo que era injusto que toda la atención quedara totalmente eclipsada por el acusado. Pero, claro, es que él, que solo veía su espalda, su cabeza, y la parte trasera del garrote vil; él, que no veía su agónica expresión, no podía entender por qué los demás estaban absortos mirando la cara a aquel que se hacía llamar Francisco Leona. No despegaban sus ojos de él una sola milésima de segundo.
No estaba muerto, pero esa no era la cara de un vivo. Estaba, pues, a medio camino entre la vida y la muerte, en un doloroso estancamiento. Las venas se transparentaban en su cara y estaban hinchadas, tanto, que no parecían venas, sino otra cosa, como pintura o un buen maquillaje. Sus ojeras estaban dilatadas también, enrojecidas. “¡Y sus ojos! ¡Por Dios, sus ojos!”, pensó una mujer que estaba en primera fila, anonadada, temiendo que se le salieran de las órbitas y fueran a parar a su sencillo vestido azul. En esos ojos marrones también las venas estaban dilatadas, rojas, claro está, como la sangre, con ganas de explotar como una bomba.
Los orificios de la nariz del condenado estaban arrugados, formando grandes agujeros que dejaban entrever la mucosidad adherida a sus pelillos de la nariz. Y su boca desencajada. Desencajada la mandíbula. Boca abierta a más no poder. ¿Qué más le daba si le entraba una mosca? Ni plantearse eso podía. Solo morir. Morir. Quería morir y acabar con aquel dolor. Y ni siquiera podía pensar en desear aquello. Sus neuronas solo gritaban “dolor, dolor, dolor”, en un infinito bucle. El bucle interminable del estrangulamiento, de la progresiva sensación de asfixia que era cada vez más intensa. Y más, y más…
Era, la del condenado que se moría lentamente, una expresión espantosa, que ningún pintor de retratos se hubiera atrevido jamás a plasmar en un lienzo. La muerte acechaba, venía de lejos, daba un rodeo, y nunca acababa de llegar.
El verdugo tenía una fuerza ridícula, y las lesiones laríngeas prolongaban la agonía. Volvió el verdugo a bajar los brazos, y con un codo, se limpió el sudor que chorreaba por su frente. ¡Cuánto calor hacía, a finales de junio, en Gádor!
Sentía el reo sus cuerdas vocales ya rotas. Los gritos los lanzaba en sus adentros. Y de haber podido chillar, hubiera dejado sorda a toda Almería. Le ardía la garganta, se le paraba el corazón poco a poco. Hacía mucho que se habían detenido sus razonamientos. Después de media hora, el verdugo fue capaz de girar un poco más el tornillo (ni siquiera sonó ningún “crack”, de la lentitud con que había ido girándolo), y el condenado exhaló un último aliento. Sus ojos estaban completamente blancos. ¡Por fin estaba muerto, ese hijo de puta!
Mientras tanto, a la otra punta de la provincia de Almería, en una casa pequeña y discreta, que había preparado hacía varios años, pero en la que aquel mismo día se había instalado por fin, el auténtico Francisco Leona reía, con un pollo sobre la mesa, que él mismo había cazado. Ya había cortado su cabeza con su navaja de verduguillo, y lo contemplaba, pensativo. Este, en ese momento, reposaba sobre su regazo.
Todavía le picaba el gusanillo, el gusanillo que le susurraba: “destrípala”, “es tuya, está en tu saco, hazla tuya”; pero había valido la pena ignorar al gusano que en su interior se retorcía, pues de lo contrario, no se habría ganado el silencio de la mujer de aquel que había jurado hacerse pasar por él y confesar el crimen. Había cosas que no acababa de comprender. ¿Por qué alguien que está en sus cabales accedía a morir por una criatura que cabía en un saco y a la que fue necesario darle tantas patadas para que se callara; por una niña, que, aun siendo su hija, era una persona diferente a él mismo? ¿Por qué eran tan estúpidos algunos humanos?
Sin embargo, él, no lo era. Había dejado escapar a la niña, sí. La había llevado de vuelta con su madre pocas horas antes de que esta se quedara viuda, sí (pues Leona era consciente de que la condena que se le imputaría sería la muerte). Había dejado escapar una oportunidad de sentir placer, sí; pero lo había hecho a cambio de otras muchas oportunidades más. Adoptaría otro nombre y estaría menos agobiado, porque no lo perseguirían. Francisco Leona estaría muerto para el mundo entero. Y él seguiría ganándose dinero como curandero y barbero, con el nombre más artístico que encontrara, algún apodo sublime o quizás simplemente, el primer nombre que se le pasara por la cabeza. Eso daba igual. Lo que le hacía estremecerse de la suma apacibilidad y confort que sentía era la certeza de que seguiría dándole buen uso a su saco. Ese saco que tantas aventuras le había facilitado… Él era el hombre del saco; aunque sabía que socialmente, no era un apodo demasiado acertado. Pero él se conocía bien, por lo que, para sí mismo, sería siempre el hombre del saco. El gran hombre del saco: temible, respetado, fuerte, poderoso.
—¿Dónde podré encontrar a otro crédulo enfermo? —le preguntó al pollo, que todavía descansaba sobre él—. ¡Por Dios Santo! —Soltó una profunda carcajada, que solo pudo oír él y, de haber estado vivo, el pollo—. ¿Dónde podré encontrar a otro pollito, de esos que se alejan de sus madres y ya vienen desplumados?
Acarició la cabecita del pollo, desprovista todavía de cresta. Todavía y para siempre. Al hacerlo, se acordó del pelo de Bernardito y tuvo una erección.




