¿Es imprescindible la corrección profesional?

¿Es imprescindible la corrección profesional?

En la última entrada os hablé de la importancia de la autocrítica en la escritura, apoyándome en el manual de errores imperdonables de la correctora Marian Ruiz. Cerré la reflexión confesando discrepar con una de sus afirmaciones.

Hoy os contaré por qué pienso que no todos los escritores independientes necesitamos contratar un servicio editorial como se nos hace creer.

 

 

Una mirada técnica, externa y entrenada

El error 47 del manual de Marian es «no poner una correctora en tu vida». Creo que su enunciación parte de una idea que yo comparto: ningún autor debería confiar ciegamente en la primera versión de su manuscrito ni dar por hecho que su propia revisión siempre basta.

No quiere decir que las primeras versiones sean una patata en todos los casos, pero sí conviene pulirlas. A lo largo de nuestra carrera de escritores, comprobaremos que unos borradores nos pedirán más cambios que otros. Unos géneros se nos atascarán, mientras que quizá haya alguno que lleguemos a dominar con maestría.

Hay que saber reconocer cuándo necesitamos ayuda, cuándo es preciso «incluir la mirada extraña de quien sabe no solo mirar sino ver», en palabras de Marian. Un corrector profesional aporta una mirada técnica, externa y entrenada. Jamás negaré su utilidad ni cuestionaré su profesión, pero pienso que no siempre es imprescindible.

 

 

¿Es realmente un error no contratar a un corrector?

Contratar servicios de revisión y corrección puede ser necesario o recomendable para muchos autores, y los motivos pueden ser de lo más variados. Desde el autor novel hasta el más experimentado podrían beneficiarse de este recurso, en especial si su manuscrito les despierta cierta inseguridad después de haberlo revisado por su cuenta.

Aun así, no puedo dejar de preguntarme: ¿es realmente un error no contratar a un corrector? Desde mi parecer, es un problema convertirlo en una regla universal, pues depende de cada caso individual. Habría que tener en cuenta la formación del escritor, su capacidad de revisión crítica y los recursos con los que cuenta.

 

El escritor que se forma en corrección

Hoy en día tenemos fácil acceso a material con el que instruirnos, más allá de la RAE. Escritores, editores y correctores publican artículos y vídeos explicativos que nos ayudan a revisar nuestros textos con ojo avizor, no solo desde el punto de vista de la redacción.

Entre otras muchas orientaciones, estos profesionales ofrecen consejos para analizar la coherencia narrativa, las consecuencias de los giros de la acción y el efecto de los cierres de cada capítulo en el lector.

A mí me encantan los recursos de Celia Arias, que también se centra en la publicación en Amazon KDP, no solo en la revisión y corrección. Por descontado, también hay manuales de escritura, talleres y cursos que pueden ayudarnos. El abanico de opciones es casi tan amplio como la lista de Netflix.

Con una buena formación y unos lectores beta exigentes, si el escritor está trabajando un género que conoce y de verdad tenía una buena historia que contar, es probable que obtenga una novela más que decente, tras revisarla un par de veces.

Eso sí, conviene matizar que formarse en corrección no convierte necesariamente al escritor en corrector profesional, pero sí puede proporcionarle herramientas suficientes para revisar sus propias obras con rigor.

 

 

La mirada externa no tiene una única forma

A pesar de que la mirada externa más técnica y entrenada que se me ocurre es la de un corrector, esta mirada externa puede proceder de los lectores beta que mencioné antes, de otros escritores con formación o de profesionales con conocimientos lingüísticos.

Todas estas personas, sin ser correctores, pueden aportar perspectivas externas objetivas, opiniones y críticas constructivas sobre nuestro manuscrito. Quizá estas miradas extrañas sepan ver, no solo mirar. Aunque no sean tan expertos como un corrector, la magia está en combinar sus miradas con nuestra formación y autocrítica.

Porque la autocrítica, de la que ya hablé en la entrada anterior es la verdadera clave para que publicar sin un contratar a un corrector pueda salirnos bien.

 

 

Los límites de la autocorrección

Si al comenzar declaré que muchos escritores necesitan servicios editoriales, no lo hice pensando en que tengan poca formación o criterio. Lo dije pensando en los límites que en ocasiones la autocorrección plantea.

A veces, conocer demasiado bien tu obra puede ser una desventaja. Sabes lo que quieres expresar y corres el riesgo de pasar por alto errores, repeticiones o incoherencias. En otras palabras, podrían existir ciertos puntos ciegos para el autor.

De todas maneras, eso no implica que no pueda aprenderse, con la práctica, a revisar mejor y situarnos en la piel del lector que abre el libro por primera vez y no sabe qué sucederá. Para tomar un poco de distancia de nuestra historia y que esto sea posible, Celia recomienda dejar reposar el manuscrito un tiempo, antes de sentarse a revisarlo.

En resumen, la revisión debe ser consciente, metódica y, cuando sea necesario, complementarse con otras miradas.

 

 

El verdadero error imperdonable

No poner una correctora en tu vida no es necesariamente un error. Los servicios de corrección son valiosos, pero convertir su contratación en una obligación para todos los escritores es una generalización desacertada.

En mi opinión, publicar sin revisar, sin formación y sin autocrítica es el verdadero error imperdonable. El auténtico problema no es quién corrige una obra, sino que se publique con prisas, sin el rigor necesario.

 

 

Espero que esta entrada os haya hecho reflexionar.

Si os apetece compartir vuestro punto de vista, me encantará leeros.

Hasta pronto,

Ishtar

 

Saber más

Arias, C. (s. f.). Blog. Celia Arias. https://celiaariasfernandez.com/blog/

Ruiz, M. (s. f.). Blog. Marian Ruiz. https://marianruiz.com/blog/

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