Caperucita de los cuervos: El despertar
Prólogo
Érase una vez una aldea en la que las familias humildes convivían, sin saberlo, con una bruja. Pero la historia de esta no puede contarse antes de la de los hermanos Hansel y Gretel, que jamás se ha presentado realmente como fue. El padre de los niños era leñador, y su madre falleció por cólera hacía ya muchos años. Ocupaba su lugar una madrastra que, como es natural, no los quería tan bien como su madre. Los cuatro vivían cerca de un bosquecito y aquel invierno, con la crisis de subsistencia que estaba atravesando el país, estaba resultando realmente duro, y parecía más frío que nunca. Pero la temperatura era similar a la de antaño, simplemente tenían menos comida con la que caldear sus estómagos y sus cuerpos. Por eso, un buen día la madrastra le dijo al padre:
—Necesitamos hacer algo ya, necesitamos hacer algo ya o vamos a desfallecer, Herbert.
—¿Se te ha ocurrido algo? —le preguntó a Agnes.
—Sí, algo que nos salvará a nosotros dos, y que nos permitirá vivir y estar juntos para siempre. —Le cogió de las manos y se acercó a él, cariñosa, consciente de que no iba a agradarle lo que iba a proponerle.
—¿Y qué es ese algo?
—Mira, mañana por la mañana, madrugaremos bien los cuatro, saldremos al bosque, le daremos a los niños un mendrugo de pan y volveremos a casa de puntillas, para que no nos oigan —puntualizó—. ¿Qué te parece?
—No, de ninguna manera —se negó—, yo no puedo hacerle eso a mis pequeños.
—Pero imagíname en mi lecho de muerte —le susurró—, ¿te gustaría verme pálida, con cara de calavera y completamente chupada? ¿Te gustaría ver cómo se me comen los gusanos?
—No, no —negó Herbert, sacudiendo repetidamente la cabeza.
—Mira —siguió susurrándole al oído. Le cogió la mano y la llevó hasta su costilla. Hundió la tripa todo lo que pudo, aunque lo cierto es que los huesos ya comenzaban a marcársele de forma natural—. ¿Quieres que me muera de hambre? ¿Cuánto tiempo crees que me queda?
—Sobreviviremos al inverno —musitó con voz dudosa. ¿Acaso creía lo que había dicho?
—De ninguna manera, con cuatro bocas que alimentar —replicó Agnes—. Cualquiera de estas noches te quedas viudo por segunda vez. ¿Crees que tu débil corazón podría soportarlo?
—Oh, no, no podría. Pero, entiéndeme, no puedo abandonar a mis pequeños —insistió Herbert, tratando de mantenerse firme en su postura.
—Bien pues… —se sacó una daga de debajo de la manga—, esta época de miseria va para largo así que… —Se la acercó al cuello.
—No, Agnes, no me hagas esto. —Detuvo su mano, desesperado—. Mañana, al alba, saldremos al bosque, y haremos lo que me has dicho.
—Ay, no sabes cuánto te quiero. —Dejó caer el cuchillo y se lanzó a sus brazos—. Me creía hoy muerta —lloriqueó, mientras su marido la consolaba.
Los niños lo habían escuchado todo, porque solían poner la oreja detrás de las puertas desde que aquella mujer empezó a dormir bajo su techo. Se marcharon a su alcoba sigilosamente y Gretel expresó su inquietud:
—Estamos perdidos, Hansel. Con un solo trozo de pan, abandonados en el bosque. Es una muerte segura, de nada nos va a valer rezar.
—Dios no abandona a sus devotos —rebatió. La cogió de las manos y la invitó a rezar con él—: Reza conmigo y verás cómo mañana todo saldrá bien.
Los dos hermanos rezaron tanto que se quedaron dormidos en la mitad de sus oraciones y cuando, al día siguiente, la madrastra entró a despertarlos, los encontró dormidos con los ojos cerrados y las palmas de las manos juntas, uno al lado del otro. Ni siquiera se fijó en esta extraña manera de descansar, porque solamente pensaba en librarse de ellos para poder salir a más bocados por día.
—¡Venga! ¡Arriba! —gritó con su voz aguda y estridente—. Nos vamos todos a por leña.
Cuando salieron de casa, antes de empezar a caminar, Agnes les dio un mendrugo de pan duro a cada uno y les dijo:
—Aquí tenéis la comida del día, así que más os vale guardarla para cuando tengáis mucha falta. Oídme bien —alzó el dedo índice en señal de advertencia y se agachó ligeramente para quedar cara a cara con los niños—, oídme bien porque no lo repetiré dos veces: no os daré más.
Gretel miró a su padre, tratando de evaluar su rostro. ¿Cómo se sentiría? Estaba callado y serio, con el hacha sobre el hombro y su camisa de cuadros desgastada. Era imposible adivinar que tenía el corazón en un puño.
—Hansel, no te quedes rezagado —le recriminó su padre—, ¿no ves que vas por detrás de todos nosotros?
—¿Y qué haces, niño, mirando tanto hacia atrás? —espetó la madrastra.
—Hay un gatito blanco en el tejado y sacude la patita. Creo que me está diciendo adiós —contestó el niño.
—No seas tonto, niño, ahí no hay ningún gato —replicó la madre, tras agudizar la vista y comprobar qué era—. Se trata de la luz de la mañana, que se refleja en la chimenea.
No obstante, Hansel no estaba prestando atención en absoluto a ese punto. Su hermana se había guardado en el bolsillo del delantal sus dos trozos de pan; mientras que él, en los suyos, no llevaba sino piedrecitas, que iba lanzando poco a poco, asegurándose de que la madrastra no lo miraba, para poder emprender el camino de vuelta una vez los abandonaran.
Cuando por fin Agnes consideró que estaban lo suficientemente lejos de casa como para que los críos no pudieran encontrar el camino de vuelta, se plantó sin previo aviso y le lanzó una mirada cómplice a su marido, que Gretel interceptó e interpretó apropiadamente.
—Creo que es mucha caminata para vosotros, pequeños —tampoco le faltaba razón a Herbert, pues llevaban cuatro horas caminando—, así que os voy a encender fuego para que no tengáis frío, y Agnes y yo nos iremos a cortar leña por el bosque.
—¡Ala! A recoger leña —ordenó la madrastra a los niños.
Gretel se mantuvo inmóvil unos segundos, profundamente dolida. Buscó la mirada de su padre y dijo:
—Volveréis, ¿verdad?
—Claro que volveremos, pequeña mía —contestó su padre, desviando la mirada al cielo, porque no podía mentirle a su hija en la cara.
—Adiós, niños —se despidió Agnes, sin disimular sus prisas por marcharse. Estaba extenuada por la caminata, que había provocado que le entrara más hambre de la que ya tenía.
Hansel y Gretel se sentaron frente al fuego. Su padre ya los había abandonado hacía varias horas, pero escuchaban un repiqueteo que les recordaba al hacha de su padre, a lo lejos; pero no era otra cosa que una rama seca que su padre había atado mañosamente al tronco de un árbol, también seco, que chocaba con este constantemente por fuerza del viento invernal.
—Cuánto tiempo está trabajando papá por aquí, si su intención es abandonarnos, ¿no te parece? —comentó Gretel, algo esperanzada.
Sin embargo, cuando el viento sopló más fuerte, la rama se partió. Escucharon el “crac” y, aunque no lo relacionaron con el ruido de antes, la ausencia de este último les hizo pensar que su padre ya no estaba cortando leña por los alrededores. Hansel se frotó las manos cerca del fuego, el cual el viento había avivado.
—Ahora llega la hora de la verdad —anunció el niño.
Y esperaron y vieron que Agnes y Herbert no volvían a recogerlos. Hacía ya un rato que el triste sol había alcanzado su punto más alto, así que perdieron las escasas esperanzas que conservaban. Solamente cuando Hansel le contó a su hermana lo que había hecho con las piedras, Gretel accedió a comerse su trozo de pan. Poco después, escucharon un tenue tarareo.
—¿Has oído eso? —inquirió Hansel.
—Es una niña cantando —afirmó su hermana, levantándose.
Era una niña del pueblo, que llevaba siempre una caperuza roja, y a la que todos conocían como “Caperucita roja”. Iba a casa de su abuelita, a quien solía visitar de una a tres veces cada semana, y le llamó la atención la humareda de la hoguera, así que se desvió un poco para ver si se estaba quemando algo o, por lo contrario, estaba todo controlado. Primero vieron una manchita roja acercarse, y enseguida adivinaron que era Caperucita.
—¡Caperucita! —exclamó Hansel.
La niña pudo localizarlos tras la hoguera; se guio por el grito de Hansel.
—Hola, hola, ¿qué hacéis aquí? —les preguntó, con su cesta colgando del brazo.
—Nos han abandonado, Caperucita —confesó Gretel.
—No es verdad —dijo Hansel, a quien le avergonzaba profundamente que lo reconocieran como un niño abandonado. Porque los niños abandonados son una carga, y nunca nadie los quiere.
—No pasa nada, Hansel, no se lo diré a nadie —le prometió Caperucita—. Yo voy a ver a mi abuelita, y le llevo una tarta y vino. ¿Queréis un pedacito de tarta? Os veo tan flaquitos y parecéis tener tanta hambre…
—Solo si no le importa a tu abuelita… —masculló Gretel.
—Sí, por favor —aceptó enseguida Hansel.
—Claro que no le importará –confirmó Caperucita—, siempre le llevo una.
Caperucita se sentó con ellos en torno a la hoguera y partió un pedacito para cada uno con sus propias manos. Incluso partió otro para ella, porque le había entrado antojo de verlos a ellos relamerse y disfrutar tanto de su tarta de chocolate.
—¡Dios mío! ¿Qué manjar es este? —se relamió Hansel, ya que en su casa nunca habían tenido chocolate.
—Es chocolate —respondió Caperucita.
Gretel no habló hasta que no dejó de tener la boca llena. Entonces, después de expresar su admiración por el chocolate, alabó el talento culinario de Caperucita:
—Tan jovencita y tan buena cocinera. ¡Ya me gustaría a mí! Mi madrastra siempre me pone pegas a todo lo que cocino.
—Muchas gracias, Gretel —contestó la aludida—. A mí me enseñó mi abuelita, porque, cuando nací, mi madre ya no estaba en este mundo, ni tampoco mi padre.
—Vaya, lo siento —musitó Gretel, tocándose las trenzas.
—No te preocupes.
—Y entonces, si no vives con la abuelita, ¿con quién vives? —inquirió Hansel.
—Vivo yo sola —respondió.
—¿Tú sola? —se extrañó el niño.
—Me crio mi abuelita cuando era un bebé, y por eso le tengo tanto aprecio. Pero fue aprender a cocinar y mira, es de lo que vivo, realmente —mintió. Caperucita no vivía de eso.
—Pues me lo creo, Caperucita, qué rico cocinas… —Gretel suspiró, disfrutando del regusto que el chocolate le había dejado en el paladar.
—¿Y qué vais a hacer ahora? —preguntó Caperucita.
—Vamos a volver a casa. Todo gracias a mi hermano, que es muy inteligente —apuntó Gretel, sin atreverse a confesar su estrategia, por muy agradable y bondadosa que le pareciera Caperucita.
—No sé yo si es lo que más os conviene —opinó Caperucita, y al ver el ceño fruncido de los hermanos, añadió—: Os lo digo como amiga, porque sé que cuando un padre abandona a sus hijos es que no los quiere.
—Pero nuestro padre sí que nos quiere —rebatió Hansel de inmediato—, todo esto es culpa de la malvada madrastra…
—Ya, siempre hay una madrastra malvada de por medio… —comentó Caperucita con cierta ironía, acordándose de Cenicienta y Blancanieves.
—De verdad —insistió Hansel.
—Sí, es verdad —reiteró su hermana.
—Como sea. —Caperucita se encogió de hombros—. Pensadlo bien, no os precipitéis, porque igual podéis aprender a vivir solos en el bosque, igual que yo he aprendido a ganarme la vida en la aldea.
—El bosque está lleno de fieras, Caperucita —señaló Gretel—, en casa estaremos a salvo.
—Bueno, será mejor que me vaya, que mi abuelita va a pensar que me he topado con alguna de esas fieras —se esforzó por no estallar en carcajadas; tan solo soltó una efímera y ahogada risita— y que me ha comido. Un lobo feroz, por ejemplo, ¿qué os parece?
—No es un asunto divertido —renegó Hansel.
—Perdona —se disculpó Caperucita—. Espero que os vaya todo bien. Adiós, Hansel y Gretel —se despidió.
—Adiós, Caperucita, y gracias por la tarta —dijo Gretel.
Cuando el tarareo de la niña, que trotaba como un cabritillo con su cestita colgando del brazo y su caperuza roja ondeando a sus espaldas, quedó tan lejos que ya no se escuchaba ni forzando al máximo el oído, Gretel le preguntó a su hermano:
—¿Qué te parece?
—¿Qué me parce el qué?
—¿Qué te parece su idea de que nos las apañemos los dos, y que no volvamos a casa? —puntualizó la niña.
—Una nefasta idea —contestó Hansel sin un ápice de duda—. ¿Qué hay de las bestias? Caperucita se ríe solo porque todavía no se ha cruzado con ninguna.
—Tienes razón, de esas cosas solo se ríen los ignorantes —coincidió Gretel—. Además, nuestro padre nos quiere.
—¿Cómo estás tan segura? —dudó el niño.
—Porque esta mañana no ha podido mentirme a la cara —le explicó.
Faltaba ya poco para que anocheciera cuando, en un atisbo de claridad, Gretel cuestionó:
—Si las piedras las has dejado en la tierra, es improbable que sigan allí, ¿no? Con este viento…
—No, no —la tranquilizó su hermano—. He pensado en todo —se señaló la sien con una sonrisilla—. El terreno estaba húmedo, por el rocío y las lluvias de la pasada semana, así que cuando dejaba caer una piedra, la pisaba y quedaba incrustada en la tierra.
—¿Cómo? —murmuró su hermana, que no terminaba de imaginárselo.
—Te lo mostraré cuando brille la luna, porque las piedras la imitarán, y también brillarán —le aseguró Hansel.
Así, más tarde, agradeciendo que hubiera anochecido porque se les estaba apagando el fuego, Gretel indicó:
—Ya brilla la luna, ya la veo brillar.
—Vamos —se puso en pie y le tendió la mano a su hermana, que seguía sentada sobre el tronco—, volvamos a casa.
El camino de ida fue más corto que el de vuelta. En la oscuridad del bosque había que caminar con cautela, para no romper el silencio, porque siempre había fieras acechando. Además, no era lo mismo caminar con la luz del sol que con la de la luna, buscando unas piedras que no brillaban todas con la misma intensidad, porque algunas no reflejaban apenas la luz lunar, por estar inmediatamente bajo las copas de ciertos árboles perennes y para siempre frondosos. Por eso, entre unas cosas y otras, estuvieron toda la noche caminando. Pero por fin, cuando estaba a punto de amanecer, los dos hermanos llegaron a casa.
—¡Menudos sinvergüenzas! —los insultó la madrastra—. ¿Qué horas son estas de llegar a casa? ¡Ya pensábamos que no queríais volver!
Los niños no hicieron caso a su madrastra y fueron a abrazar a su padre, que los recibió con los brazos abiertos, lleno de alegría y alivio. Y así, pasaron dos o tres semanas. Parecía que el invierno estaba a punto de terminar, pero, al parecer, el final de este se presentaba incluso más arduo que su principio. Otra de las noches en las que los niños pegaron la oreja a la puerta, después de escuchar chillidos y gemidos, entre otras cosas, escucharon cómo la madrastra decía:
—Creo que voy a desfallecer. Estoy tan cansada…
—Es normal, yo también estoy cansado, y es muy tarde —contestó Herbert—. Ya verás cómo mañana despiertas con más energías.
—Eso solo se hace tras un sueño reparador, y yo no puedo dormir Herbert. No con el estómago tan vacío, retorciéndose por inanición —sollozó—. Necesitamos hacer algo ya o voy a desfallecer, de verdad te lo digo.
—¿Se te ha ocurrido algo? —preguntó, visiblemente preocupado.
—Pues verás… lo único que podemos hacer es dejar a los niños en el bosquecito mañana al alba —sugirió por segunda vez.
—Pero ¡mis pequeños! La última vez lo pasé tan mal, y eso que solo fueron unas horas… —se lamentó Herbert.
—Y como consiguieron volver y comen casi como nosotros… ya solo nos queda media hogaza de pan. Solo media hogaza y somos cuatro. Yo no puedo vivir así, Herbert.
—¿Y qué será de ellos? —se inquietó el padre.
—No te preocupes —le restó importancia la madrastra—. Hay una niña, Caperucita, que tiene más o menos su edad, y vive solita. Ellos son dos, así que figúrate lo bien que se las podrán apañar.
—Ay, ojalá tengas razón —murmuró luchando por no llorar.
—Pero esta vez hay que llevarlos al corazón del bosque, para asegurarnos de que no vuelven.
Hansel y Gretel se despegaron abruptamente de la puerta. Se fueron de puntillas a su cuarto y una vez allí, Gretel dijo:
—¡No! ¡Otra vez, no! No puede ser, esto no puede estar pasando otra vez…
—Recemos, Gretel, que la última vez nos funcionó —la consoló Hansel.
Y, de nuevo, los hermanitos se durmieron el uno frente al otro, rezando. Cuando Agnes fue a despertarlos, sus rodillas seguían besando el suelo y las palmas de sus manos, juntas. En aquella ocasión, ni siquiera los despertó a gritos, sino que, harta de pasar hambre y de que ellos le quitaran el sustento que necesitaba, cogió a cada niño de la oreja, uno con cada mano, y los sacó arrastras de la cabaña en que vivían.
—¡Herbert! Nos vamos a por leña —anunció la madrastra, después de darles un trozo de pan a cada uno, más pequeño que el de la última ocasión.
Al padre le daba miedo salir. Salir y ver por última vez a los hijos a los que, por mucho que Agnes dijera, sabía que estaba condenando a la muerte. Rompería a llorar, se rompería su corazón, y el que desfallecería sería él.
—¡Vale! —exclamó desde dentro de la cabaña.
—Esta vez nos vamos más lejos —dijo Agnes amenazadoramente—, y como os separéis de mí un segundo, os arrepentiréis.
Gretel sintió la boca de un mosquete contra su espalda, y soltó un suspiro ahogado que su hermano achacó al miedo de que los abandonaran en el bosque, el nido de las fieras salvajes. Él no había tenido tiempo para llenarse los bolsillos de piedras, con las prisas, como había hecho la última vez. No había visto el mosquete, porque quedó de espaldas a ella, y también porque iba “un poco a su bola”. Aunque comenzó caminando al mismo paso que ellas, poco a poco se quedó rezagado. Y aunque le dolió en el alma reducir a miguitas el único alimento que tenía, lo hizo, y las guardó todas en el bolsillo. Y las iba tirando poquito a poquito, con movimientos muy disimulados. En esto, la madrastra, que había estado un poco despistada admirando con envidia la belleza de Gretel, se dio cuenta de que Hansel se había quedado algo atrás, como la última vez.
—Pero, niño, ¿no ves que vas por detrás? ¡Date brío! —exclamó—. Y ¿por qué caminas de espaldas?
—Allí, en lo alto, hay un pajarito que me dice adiós. —Señaló Hansel a un punto del tejado de su casa, que todavía se avistaba parcialmente, a lo lejos.
—¡Niño tonto! —lo insultó Agnes—. Eso no es un pajarillo, sino la luz del amanecer, que se refleja en la chimenea.
Entonces, el niño vio el arma por primera vez, y temiendo haberle dado un motivo para utilizarla, se puso a la altura de las dos y no volvió a detenerse. Sin embargo, cuando la madrastra continuaba escrutando los ángulos harmoniosos del rostro de Gretel, llena de celos, él aprovechaba para dejar caer más miguitas, que marcaran su camino de vuelta.
Después de unas seis horas de andar sin descanso, en un tenso silencio, Agnes los abandonó sin dedicarles ninguna palabra de despedida. Los estuvo apuntando con el mosquete, mirándolos mientras retrocedía, comprobando que no despegaban un solo pie de la tierra, hasta que los perdió de vista en la espesura del bosque. A continuación, consultó su brújula y volvió a casa salva y sana.
Gretel miró, con expresión interrogante, las manos vacías de su hermano, y sus bolsillos lisos, que evidenciaban que estaban vacíos también. Cuando por fin se sintió segura como para abrir la boca, le preguntó:
—¿Dónde está tu pan, Hansel?
—¡He sacrificado mi pan por una causa elevada!
—¿Qué causa? ¡Es tu única comida! —replicó Gretel, sin imaginar el ardid de su hermano.
—¡Volver a casa, Gretel! —exclamó con una sonrisa.
Así, buscaron las miguitas, pero se llevaron una gran decepción cuando encontraron solo unas pocas. El camino se desdibujaba, se perdía por completo a los diez pasos. Porque los pajaritos, como el que Hansel había visto sobre el tejado, habían visto lo que el niño hacía, y enseguida se habían abalanzado a comerse las miguitas de pan duro, uno de sus manjares preferidos.
—¡Ahora… ahora sí que estamos perdidos! —Gretel se echó a llorar.
—No, no… —musitó Hansel, aunque también le estaba costando guardar la calma—, recemos, Dios nos ayudará.
—No sabemos ni encender un fuego, Hansel —replicó ella—, cuando llegue la hora de las brujas, estamos muertos.
Porque a la hora de las brujas, a la medianoche, no solamente es el toque de queda de Cenicienta, sino que es la hora en que las fieras que duermen con la luz del sol despiertan más hambrientas que nunca, y también es entonces cuando la magia negra de las brujas es más potente y eficaz. Solo un insensato no temería que dieran las doce.
—No, Gretel. Nos esconderemos y rezaremos —insistió él, aunque le salió la voz temblorosa de imaginarse a las doce de la noche en el nido de las fieras.
Caperucita, que también iba a ver a su abuelita, escuchó los quejidos de los niños. Sin embargo, como iba con prisas, no se detuvo a saludarlos. Además, no quería verse obligada a ofrecerles comida, y que la abuelita la regañara. Mientras seguía trotando, pensaba en la situación de los niños, que no le parecía que fuera para tanto.
—Mira que son llorones —susurró para sí, con una sonrisa sombría, preguntándose qué haría cuando saliera de casa de la abuelita.
Pasado el mediodía, Gretel partió su pan por la mitad y lo compartió con su hermanito. Después, se pasaron toda la tarde intentando encender fuego, pero fracasaron en el intento. Tuvieron unas ganas tremendas de ser mayores, porque los adultos siempre lo encendían a la primera. Echaron muchísimo de menos a su padre, que, aunque había accedido, por culpa de la malvada madrastra, a abandonarlos, les habría encendido una buena hoguera, si los hubiera acompañado, para que no murieran de frío. Encogidos como estaban, el uno al lado del otro, Gretel afirmó:
—Papá nos quiere y por eso no ha podido venir esta mañana. —Eso la hacía sentir más tranquila.
—Pero la quiere más a ella, Gretel. La ha elegido dos veces, y esta vez es para siempre —replicó su hermano, y ella guardó silencio, porque sabía que tenía razón.
Conforme el sol se ocultaba tras el horizonte, hacía más y más frío; y ellos tenían más y más miedo. Porque la medianoche quedaba cada vez más cerca. Ya podía olerse el aliento de las bestias, ya se escuchaban los graznidos roncos de los cuervos nocturnos, y el ulular de los búhos de ojos exorbitantes y ambarinos. Y no tenían un reloj para saber cuándo darían las doce, pero cuando llegó la hora, lo sintieron en lo más profundo de sus corazones. Estaban escondidos detrás de un árbol grueso y hueco, pero sabían que no los protegería en absoluto, si una bestia los olía.
Al rato, escucharon un tarareo, y los dos pensaron en Caperucita.
—¿Has escuchado eso? —tanteó Gretel, porque el sonido había sido tan apagado que no estaba segura acerca de si había sido su imaginación o no.
—Era Caperucita —susurró él en la oscuridad.
—Sí que era ella —coincidió su hermana.
Les daba miedo gritar su nombre y atraer a las bestias, en lugar de a la niña de la caperuza. Por eso, se decidieron a caminar sigilosamente, cuidando bien de no pisar hojas secas a su paso, intentado llegar hasta el lugar en el que ambos consideraban que procedía el suave tarareo de Caperucita. No encontraron a la niña, pero en su lugar, se toparon con algo mucho mejor. La luna se reflejaba en unas aguas claras que los atrajo por su belleza y su brillo plateado. Y una vez saciaron su sed en esa pequeña laguna y alzaron la vista, se dieron cuenta de que, tan solo unos metros más adelante, ¡había una casa!
Se acercaron, curiosos, preguntándose si su propietario les daría cobijo. Los graznidos de los cuervos se escuchaban más cerca que nunca, pero no les sirvió de advertencia, porque estaban tan embelesados con la casa, que desprendía un olor dulzón, que era imposible centrarse en alguna otra cosa de su entorno, ya fuera un ruido, una bestia, o una tormenta. Y la razón por la que estaban tan absortamente maravillados era que la casa estaba hecha de pan, bizcocho y azúcar. El olor era tan tentador que, aunque parecía una casa de ladrillo y adobe amarronado, Gretel no dudó en arrancar un cachito y darle un bocado. ¡Oh, qué tierno, el pan de la fachada!
—Hansel, tenemo’ que quearno’ aquí pa-a siempre —murmuró la niña con la boca llena.
Su hermano la miró interrogante, pero entonces, atraído por la fragancia achocolatada de la puerta y de las aristas de la vivienda, arrancó un pedacito de la entrada, que era de bizcocho. ¡Dios mío, si sabía igual de rico que la tarta de chocolate de Caperucita! ¡Exactamente igual! Después de tragar, pensaba decírselo a su hermanita, que se encontraba lamiendo con deleite los cristales de la ventana, que eran de azúcar. Sin embargo, antes de decir nada, se dio cuenta de que, arrancando tan solo un pellizco de la puerta había hecho un agujerito por el que se podía ver el interior de la casa. Curioso, todavía con un trozo de bizcocho en su mano, acercó su ojo al agujerito. Retrocedió, asustado, porque su ojo se había topado con otro. Con un ojo rojo y terrorífico.
No obstante, cuando la señorita que vivía allí abrió la puerta, quedó claro que sus miedos le habían jugado una mala pasada, porque no tenía los ojos rojos, sino azules como los de su hermana Gretel. Era una señorita joven pero mayor. Es decir, una persona adulta, pero sin señal alguna de envejecimiento. Y era bella, muy bella. Gretel se quedó un segundo paralizada, observándola con la lengua pegada a la ventana. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se retiró. Se colocó junto a su hermano. Quiso cogerle la mano, pero este la apartó, porque la tenía llena de bizcocho.
—¿Es acaso la ratita la que roe mi casita? —preguntó con los brazos cruzados, fingiendo que no había reparado en que Gretel tenía migas en las manos, la boca llena de azúcar; y Hansel las manos llenas de bizcocho y la cara manchada de chocolate.
Los hermanitos se miraron, pensando: “nos han pillado”.
—Es el viento, es el viento, que sopla violento.
Pero entonces, mientras la mujer asentía, Hansel se llevó la mano llena de bizcocho a la boca. No había podido evitarlo. ¡Dichoso manjar!
—Pero ¡si estáis hambrientos! Entrad, pequeñines —los invitó—, tengo más comida adentro, así que no hace falta que os comáis mi casa.
Les tendió ambas manos y cada uno cogió una (una vez Hansel se hubo metido en la boca lo que le quedaba de bizcocho). Cuando entraron, vieron un vasito de leche humeante sobre la mesa.
—La leche me ayuda a dormir —dijo la señorita—. ¿Queréis vosotros otro vaso?
No se pensaron un segundo la respuesta, y en un periquete estaban tomando con ella un vaso de leche con una rebanada de bizcocho de chocolate igualito al de la puerta.
—¡Sabe igualito al de Caperucita! —se sorprendió Gretel.
—¿A qué sí? –murmuró Hansel.
—Eso es porque le pedí la receta —explicó la señorita—. Es una gran repostera, esa niña.
Poco a poco, con el estómago caliente y el resguardo que ofrecía la dulce casita, fueron notando el cansancio de todo el día. Los párpados comenzaron a pesarles y la cabeza se les caía por momentos. Al parecer, eso que se dice de que la leche ayuda a conciliar el sueño, no es ningún mito, porque los niños se quedaron dormidos sobre la mesa, de repente.
Al día siguiente, la señorita ya no tenía los ojos azules, y tampoco era bella, sino todo lo contario. Se asustaron mucho al descubrir su aspecto real. Esos ojos rojos, esa piel verde y agrietada, como si estuviera formada por escamas, y esa nariz aguileña y prominente, eran las facciones de una bruja. También tenía el cabello que, al menos en aquella época, podría considerarse característico de una bruja: una mata enmarañada que llegaba hasta sus enclenques tobillos.
Hansel despertó encerrado en una jaula con barrotes de metal, tan pequeña que ni siquiera podía ponerse de pie en su interior. La intención de la bruja era engordarlo como un cerdo, para después asarlo en el horno y comérselo con patatas y un poco del pan que le había enseñado a hacer su abuelita cuando era pequeña. Qué festín iba a darse. Y después se comería a Gretel, e invitaría a la abuelita, que estaría súper orgullosa de ella.
Enseguida le dio a Gretel una escoba y le ordenó barrer la casa, porque el suelo estaba lleno de migas que se habían caído del techo por culpa de la ventolera. Cuando terminó de limpiar la dulce casita, le ordenó cocinar para los tres. Para Hansel hizo bollos y rosquillas; para la bruja cocinó pucheros y carne poco hecha; y para ella en realidad no cocinó nada, porque la bruja no la dejó. Solamente se alimentaba de las migajas que su hermano dejaba en los platos y de las sobras de la bruja, que a veces se ponía exquisita y no se terminaba su ración. Y así, como aquel primer día, pasaron diez o doce más.
Para comprobar el progreso de Hansel, la bruja le pedía que sacara un dedo por los barrotes. Aprovechándose de su mala vista, en la que repararon a tercer o cuarto día, Hansel guardó un huesito de pollo y era este el que sacaba cuando la bruja le pedía el dedo.
—¡Este niño no engorda! —protestaba la bruja—. Tendrás que utilizar más azúcar —le indicó a Gretel.
Esta, que estaba preparando un bizcocho para su hermano, abrió el armarito donde estaba la harina, el azúcar y… Y vio, plegada, la caperuza roja de Caperucita. Gretel se quedó pensativa e inmóvil durante unos segundos, pero enseguida cogió el azúcar y volvió a la masa, pues la bruja le reprendió, con tono apremiante:
—Pero ¿por qué paras? ¡Venga niña, que te van a dar las uvas!
Gretel volvió a lo suyo e hizo como que echaba más azúcar, pero tenía el paquete cerrado. “Realmente no ve bien, esta bruja”, pensó la niña, al ver que no la reñía. Y es que había tenido varias peleas con algunas fieras de garras afiladas, que habían arañado sus gruesas retinas. Unos cuantos días más tarde, cuando la bruja comprobó que el dedo de Hansel seguía estando huesudo, murmuró, desesperada:
—Me da igual que no engordé, voy a comérmelo ya, así que, Gretel, puedes ir precalentando el horno.
La niña le hizo caso, no sin antes reparar en que jamás le habían dicho sus nombres, ni su hermano ni ella, cosa que le hizo pensar en la caperuza roja y en el bizcocho de chocolate, que sabía igual que la tarta de chocolate de Caperucita.
Gretel tenía mucho miedo, no dejaba de mirar el horno y estaba completamente frustrada: ya no podía hacer nada por su hermano. Ni tampoco por ella, ¿verdad? Era el plato principal del próximo banquete de la bruja. Entonces su mirada se detuvo en la olla del cocido que le estaba preparando a la bruja. El caldo estaba hirviendo…
La bruja ya tenía a Hansel en sus brazos, y no podía hacer nada con sus manos más que sujetarlo hasta que lo metiera en el horno, puesto que se retorcía como una culebrilla. Entonces, la astuta Gretel aprovechó para coger la pesada olla y correr hacia la ventana. Con una fuerza descomunal consiguió lanzarla hacia el cristal. Le faltaron fuerzas, porque la olla no llegó a impactar y calló al suelo de pan, que quedó abollado. No obstante, el caldo salpicó en toda la ventana que, como era de azúcar, se derritió, ofreciéndole una vía de escape. La bruja todavía estaba ocupada con Hansel, que no podía sino desear que su hermana volviera para salvarle. Sin embargo, Gretel solo pensaba en sí misma y ya corría con objeto de alejarse de la casa, cuanto más, mejor. Ya no le daba tanto miedo el bosque.
La bruja no pudo ir en busca de Gretel hasta que no consiguió encajar al niño en el horno, que al final sí que estaba entrado en quilos, así que le costó más de lo normal acoplar su cuerpo rollizo y cerrar la puerta. Por mucho que agudizó la vista intentando dar con Gretel, no atisbó su camisón blanco por ninguna parte y, por mucho que dio vueltas y vueltas, no la vio. Ni tampoco la vieron sus cuervos, así que la niña ya debía de haber salido del bosque. Al final, no tardó mucho en asimilarlo. No iba a perder más tiempo, principalmente porque el niño había dejado de gritar hacía ya una media hora y el horno debía estar a punto de sonar. Ya era hora de comerse a Hansel con patatas.
Gretel llegó a una zona desconocida de su aldea, lejos de donde vivía. Pero reconoció dónde estaba por las gentes. En un lugar tan pequeño, todos conocen a todos. En seguida corrió la voz de lo sucedido. No solo de que a Hansel se lo había comido una bruja, sino que esta era Caperucita roja, a la que todos tenían por una niña normal de la aldea. Y resulta que en la aldea vivía un cazador de brujas, que se enfureció mucho con la noticia. Tanto, que, a pesar de que quedaban todavía unos días para la luna llena, se convirtió en hombre lobo en una dolorosa y lenta metamorfosis. Pero iba a valer la pena, porque sabía perfectamente adónde iría Caperucita, tarde o temprano.
En efecto, se dirigió a casa de la abuelita, con intención de evaluarla y ver si ocultaba algo. Fue suficiente con ver sus ojos rojos. También era una bruja, igual que su nieta. Y en cuanto vio al lobo feroz, la abuelita supo que era un cazador de brujas, porque no había otro tipo de lobos que pudieran ser bípedos. Comenzó una lucha encarnizada entre la bruja y el cazador. Estaba bastante reñida la pelea, pero finalmente, el lobo feroz ganó y se la zampó. Se puso las ropas de la abuelita y esperó pacientemente a la llegada de su nieta, mientras se relamía con satisfacción.
Caperucita iba cantando por el bosque, tan contenta. Aunque la niña se le hubiera escapado, al menos se había comido a Hansel, y eso estaba muy bien, porque hacía tiempo que nadie abandonaba así a unos niños en el bosque y se lo ponía todo tan sencillo. Iba trotando y tarareando, con su cestita colgando del brazo. En su interior, había una rica torta y un tarrito de mantequilla, que a su abuelita se le había terminado. Bajo la caperuza, brillaban sus ojos rojos al tiempo que el sol se escondía.
Llegó a casa de la abuelita a la medianoche, o quizás algo después. El lobo, haciéndose pasar por la abuelita lo mejor que podía (incluso se había puesto su cabello), saludó a Caperucita desde la cama y la invitó a pasar.
—Deja la torta y el tarrito en la encimera de la cocina y ven aquí a acostarte conmigo —le pidió.
Caperucita se extrañó un poco. Pero le hizo caso. Porque siempre se debía obedecer a las abuelitas.
—Abuelita, ¡qué brazos tan grandes tienes! —exclamó, una vez se desnudó y se metió bajo las sábanas.
—¡Son para abrazarte mejor! —le respondió.
—Abuelita, ¡qué piernas tan grandes tienes!
—¡Son para correr mejor!
—Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!
—¡Son para oír mejor!
—Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!
—¡Son para verte mejor!
—Abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!
—¡Son para comerte mejor!
Y dicho esto, el cazador de brujas, más conocido como «lobo feroz», se la comió. Aunque, por otra parte, en otras versiones se cuenta que Caperucita no fue tan ingenua, y que ni siquiera llegó a desnudarse para meterse en la cama con el lobo. Fue el lobo el que terminó mal, y no la bruja. Porque tenía a mil cuervos, como siempre, velando por su seguridad, y cuando estos vieron cómo el lobo se zampó a la abuelita, alertaron a Caperucita y la acompañaron. Entonces, después de dejar el tarrito de mantequilla y la torta sobre la encimera, abrió la ventana y dejó que los cuervos hicieran su trabajo.
Los pájaros lo mataron a picotazos y le arrancaron los ojos. Caperucita arrastró su cuerpo hasta el río más próximo, y, a la luz de la luna, lo despellejó y lo abrió en canal con sus propias manos. Nada de la abuelita era recuperable. Se había convertido en una masa digerida que ya navegaba por los intestinos.
—Maldito lobo —refunfuñó.
Visto que no había nada que hacer para salvar a la abuelita, le rellenó la barriga con piedras y lo lanzó al río. El cadáver se hundía acompañado del eco del tarareo de la bruja, que se quedaría siempre vagando por los bosques. Por otra parte, como no se sentía a salvo allí, porque el cazador seguro que tenía familia y amigos cazadores en la aldea, decidió marcharse. No obstante, encargó a los cuervos que limpiaran las mentes de la aldea. Que Hansel y Gretel no quedaran jamás vinculados a ella, y que, en su historia, fuera siempre el lobo el malvado, que no quedara duda alguna sobre ello.
Así, Caperucita abandonó su aldea por un tiempo. Dejó su caperuza roja en casa de la abuelita, y cada uno que pensara lo que quisiera. Se fue hacia el norte, porque hay más bosques lúgubres al norte que al sur. Además, iba bien preparada para el frío. Su nuevo abrigo de piel de lobo era mucho más abrigado que su antigua caperuza roja.





